Sexo sobre ruedas

A temprana edad, cuando empezamos a descubrir nuestra sexualidad como bestias en celo, cualquier espacio es digno para practicar el bello arte de amar. Pero claro, digno puede que si… cómodo, definitivamente no.

Cómo hacer el amor en un sinca 1000

Queridas lectoras, me refiero al coche. Como todas sabemos, los coches son unos lugares muy socorridos para mantener una relación sexual, incluso ya de adultos, aunque hay que tener precaución y varios factores en cuenta.

No todos los coches hay que meterlos en el mismo saco, no todos son incómodos objetos del deseo desenfrenado de hormonas hirvientes de placer. No es lo mismo un biplaza o un monovolumen, la diferencia salta a la vista.

Los cohes son de los sitios más utilizados para los primeros escarceos, incluso para amantes, parejas infieles, divorciados o en proceso de divorcio.

La primera vez

Recuerdo al chico, es lo único que puedo hacer porque no recuerdo su nombre. El caso es que en aquella ocasión, el amante en cuestión tenía coche (¿cuál? tampoco lo sé. A mí cuando me preguntan, sólo sé decir el color). Me recogió y, después de unas horas de largo debate intelectual, nos dirigimos a la típica zona de recreo para jóvenes, y no me estoy refiriendo a una cancha de básquet, sino a ese descampado por todos conocido, ese descampado repleto de coches con cristales empañados y movimientos sospechosamente rítmicos.

Cuando te dispones a practicar sexo en un coche, aunque sea un área repleta de gente con el mismo objetivo, la vergüenza del pecador hace que abrir la puerta para sentarte en el asiento trasero se convierta en un acto impropio.

Los preliminares

Así que el primer paso consiste en pasar al asiento trasero por entre los dos asientos delanteros… Con qué arte recuerdo esos primeros pasos vigilando que la falda siga en su sitio, cómo los tacones se enganchaban primero en el freno de mano y después en los asientos delanteros… Una vez logrado, baja la falda con entusiasmo como si no hubieses hecho un número circense digno del Circo del Sol.

Bueno, tú ya estás. Ahora le toca a él, así que, vigilando que tu integridad salga ilesa, esquivas un codo, una rodilla, un pie… ¡y listo! Ya estáis los dos atrás.

Nuestra intimidad

Confiando en la comodidad de los asientos traseros procuras encarrilar de nuevo la “conversación” y entre ágiles toqueteos ves como tu trasero va deslizándose hacia el lado contrario, mientras tu cuello coge un ángulo algo incómodo, así que en el momento en que ya no puedes mirar a los ojos a tu pareja porque la manilla de la ventanilla la tienes clavada en el hipotálamo, pides tiempo muerto. Un tiempo muerto que aprovechas para terminar de tumbarte, o eso intentas porque tus piernas sobran por algún sitio.

Contorsionándote como puedes, consigues recostarte. Ahora su turno… ufff… y con “ufff” ya sabéis a lo que me refiero. En el mejor de los casos él mide 1,65 pero, ¿qué pasa si no es así?

Buscas una solución rápida. Él de rodillas, sentados de lado…. espera que ya encontré… no no, así no…espera que me estoy clavando…. ¡Ya! ¡Por fin! Encontré una postura algo más “cómoda”: él sentado y tú encima. Eso sí, nada de grandes saltos de alegría porque tengo todos los números de abollar el capó.

¿Quién de vosotros se siente identificado con esta vivencia?

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